Veinte años de políticas antitabaco en España: avances claros y retos que persisten

Veinte años después de que España ratificara el Convenio Marco de la OMS para el Control del Tabaco, el balance combina progresos considerables y desafíos abiertos. La exposición al humo ambiental de tabaco (HAT) en espacios públicos cerrados ha caído y la prevalencia del consumo ha bajado, pero cerca de una quinta parte de la población adulta continúa fumando y la protección no es homogénea.
Con motivo del aniversario, el grupo de trabajo de tabaco de la Sociedad Española de Epidemiología ha analizado la evolución de los indicadores y del ecosistema de control del tabaquismo en el país, lo que permite hacer balance de los avances y de los retos pendientes.
Las leyes aprobadas en 2005 y 2010, que regularon los espacios sin humo y restringieron la publicidad, han contribuido a modificar normas sociales en torno al consumo y a reducir la exposición involuntaria de la población, con un impacto claro en la salud pública.
Estudios realizados en España observaron un descenso en la tasa de ingresos hospitalarios por dolencias cardiovasculares y enfermedad pulmonar obstructiva crónica tras su implementación.
Ese avance, sin embargo, se ha estabilizado en los últimos años y persisten niveles elevados de exposición al HAT en espacios abiertos como las terrazas de hostelería, donde se han detectado concentraciones de nicotina ambiental comparables a las de viviendas de personas fumadoras.
El descenso de la prevalencia ha sido más lento de lo esperado. Aunque el consumo ha caído respecto a décadas anteriores, sigue siendo elevado: en 2020, el 22,1 % de la población adulta fumaba y en 2023 el porcentaje se situaba en el 19,3 %. Tampoco se ha observado una aceleración clara en el abandono tras las principales medidas regulatorias.
El impacto del tabaco en la salud continúa siendo muy alto. En España se estiman entre 50 000 y 60 000 muertes anuales atribuibles a su consumo, una de las principales causas evitables de mortalidad. Esta carga presenta diferencias por sexo: mientras la mortalidad atribuida disminuye en hombres, en mujeres sigue en ascenso, reflejo de la evolución más tardía de la epidemia entre ellas.
Persisten, además, desigualdades sociales. Fumar es más frecuente entre personas con menor nivel educativo, especialmente en hombres, y la probabilidad de abandono es menor en ese grupo, sin distinción de sexos. Este patrón consolida inequidades en salud que plantean retos para la prevención.
El contexto es hoy más complejo que hace dos décadas. La aparición de nuevos productos —cigarrillos electrónicos, tabaco calentado o bolsas de nicotina— ha modificado los patrones de consumo, mientras el marco regulatorio no ha incorporado plenamente medidas clave ni el auge de estas alternativas.
El balance de estos 20 años apunta a avances sustanciales y a la necesidad de abordar las áreas donde la protección y la regulación siguen siendo insuficientes.
