España y Marruecos, una relación bajo presión: del Sáhara a Ceuta y Melilla

La relación entre España y Marruecos vuelve a situarse bajo los focos. En las últimas semanas se han acumulado episodios que devuelven al centro del tablero el Sáhara Occidental, la sensibilidad sobre Ceuta y Melilla y el equilibrio de Madrid en el Magreb.
Entre ellos, críticas a una feria de pesca en Barcelona por dar cobertura a la explotación de recursos saharauis pese al carácter “separado y distinto” del territorio reconocido por la justicia europea, y la petición de que el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, intervenga por dos estudiantes saharauis que mantienen una huelga de hambre en una prisión marroquí en protesta por sus condiciones.
También han emergido voces desde el Rif: los nietos de Abd el-Krim han expresado su voluntad de “sellar la paz” con España y han sostenido que “fue un error que nos entregaran a Marruecos”.
En el plano geopolítico, un analista de referencia en el Magreb ha sostenido que “EEUU se pondrá del lado de Marruecos si lleva a cabo una acción hostil contra España”, y otro llegó a defender que “los marroquíes deberían reunirse, enviar excavadoras a la frontera y luego entrar en Ceuta y Melilla desarmados para izar la bandera”, unas declaraciones que reavivaron la sensibilidad en torno a las dos ciudades autónomas.
La dimensión cultural y política tampoco ha estado al margen. Activistas saharauis han acusado a un director español de invisibilizar y silenciar el conflicto del Sáhara Occidental en un filme nominado a los Oscar. En el terreno partidario, la federación madrileña del PSOE ha aceptado reunirse con un representante del Frente Polisario en un gesto inédito en años recientes.
Al mismo tiempo, se ha subrayado el silencio del Ministerio de Asuntos Exteriores sobre algunos de estos asuntos. En clave económica y energética, Marruecos ha decidido congelar uno de los pilares de su estrategia energética, según anunció su Ministerio de Transición Energética.
En paralelo, varias informaciones señalan una brecha entre el relato oficial que difunde Albares y la realidad en la frontera, donde el pulso económico con Marruecos sigue marcando el día a día. España, según se ha descrito, camina en 2026 por una línea diplomática cada vez más estrecha entre Rabat y Argel, los dos grandes polos del Magreb.
El trasfondo jurídico y simbólico persiste. La jurisprudencia europea reafirma el estatus diferenciado del Sáhara Occidental, mientras las denuncias sobre la explotación de sus recursos —del suelo y las aguas al sol y el viento— mantienen vivo el contencioso.
En el plano histórico, se recuerda que, medio siglo después de la misiva que el Gobierno español envió al entonces secretario general de la ONU y cuatro años después de la carta de Pedro Sánchez a Mohamed VI —un análisis sostiene que aquel documento quebró la posición histórica de España—, el Sáhara sigue condicionando la relación bilateral.
Los próximos pasos estarán marcados por las demandas de actuación consular y diplomática, las señales políticas internas —como el acercamiento al Polisario— y la evolución de la estrategia energética marroquí. Todo ello, con Ceuta y Melilla y la estabilidad fronteriza como constantes de una relación que combina cooperación, tensiones y silencios.
