Desde Atacama, científica colombiana busca microbios que fortalezcan cultivos frente a la sequía

En el desierto de Atacama, en Chile, la colombiana Jeimy Jiseth Moscote Guerra lidera una investigación sobre la relación entre plantas y microorganismos en condiciones extremas.
Su trabajo, que integra microbiología, biotecnología y aplicación en campo, busca fortalecer los cultivos frente a la falta de agua y responder a una pregunta que también atraviesa a La Guajira: cómo sostener la vida y la producción de alimentos en territorios cada vez más afectados por la sequía.
Moscote nació en La Guajira, una región donde en algunas zonas las lluvias no superan los 300 milímetros al año. Esa experiencia con la aridez marcó su vocación científica. Tras formarse en Microbiología Industrial en la Universidad de Santander (Udes), obtuvo en 2016 la beca Andes, que la llevó a Chile y a conocer Atacama, uno de los desiertos más áridos del planeta.
Desde entonces, su investigación sigue el rastro de microorganismos extremófilos capaces de sobrevivir en condiciones hostiles. Hoy reside en Santiago de Chile y hace parte del Instituto Milenio de Biología Integrativa (iBio) y del Centro de Genómica y Bioinformática (CGB) de la Universidad Mayor.
Desde allí encabeza una línea de investigación enfocada en la interacción entre plantas y microorganismos en ambientes extremos, con énfasis en los organismos que viven asociados a las raíces y que pueden fortalecer a las especies vegetales frente al estrés hídrico.
El norte chileno opera como un laboratorio natural de la escasez, donde salar, piedra, viento y sequedad exponen a los organismos a reglas más duras. En ese escenario, Moscote desarrolla uno de sus proyectos más relevantes: una patente en curso que combina hongos y nanotecnología para ayudar a las plantas a soportar mejor la falta de agua.
La apuesta apunta a una agricultura capaz de responder a sequías cada vez más prolongadas y a condiciones ambientales más severas. La investigadora ha participado en la validación de bioinsumos, desde su caracterización microbiológica hasta su evaluación en condiciones reales de campo, y ha acompañado procesos de regulación sanitaria para facilitar su uso formal.
Lo que se aprende en Atacama, sostiene su línea de trabajo, tiene un valor especial para entender cómo resisten los organismos cuando el agua es limitada y para trasladar ese conocimiento a cultivos que enfrentan escenarios similares.
